El verdugo movió la palanca que hace caer el suelo de la escenografía de la horca. La fuerza de gravedad y el nudo corredizo hicieron el resto y él siguió siendo un buen empleado y una buena persona.
El reo apretó los puños con fuerza y endureció los músculos del cuello para evitar lo inevitable, y tener para sí la convicción de haber resistido hasta el final. Era un buen hombre, pero lleno de arrebatos que finalmente le costaron la vida.
Ambos coincidieron en ese instante de la eternidad como un negativo mal revelado que invierte la percepción de la realidad.
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